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El luminoso alfabeto de Mario Opazo. Por Fernando Gómez Echeverri

Mario Opazo

–El hijo de Heráclito –como se llama la obra– hace parte de un texto. Solo que está escrito con mi alfabeto de imágenes –explica Opazo. Su exposición 'Y el león, por fin, en niño' es un viaje por los laberintos de su mente, su historia personal, su relación con la naturaleza, las relaciones del mundo prehispánico y la colonia, su mirada al mundo latinoamericano y a los árboles alrededor de su casa en San Agustín.

Opazo es chileno. Su papá salió exiliado del país de Pinochet en los años 80 y él estudió artes plásticas en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Está aquí desde los 16 años y se ha convertido en una parte esencial del rompecabezas del arte colombiano.

Hizo una especialización en la Universidad Nacional, y desde hace años ha logrado combinar exitosamente su trabajo plástico con la docencia. Opazo no disimula su orgullo de haber tenido como alumnos artistas como María Isabel Rueda o Pablo Licuona; o de haber sido contemporáneo de Jaime Ávila. “Jaime detestaba la docencia”, se ríe, “yo la necesito”.

Y la necesita porque está convencido de que el arte es mucho más que un objeto; que está más allá de las ferias, de los museos y de las galerías; “leo todos los días dos o tres horas de literatura y filosofía; estudio todo el tiempo y necesito botar todo eso de alguna manera. Y por suerte –dice con una sonrisa– tengo una oralidad bendecida”.

Toda esa información, todas esas palabras acumuladas en su cerebro, también se disparan en su obra y lo hacen con una mezcla de humor, cinismo y poesía.

Hay unas tablas mesopotámicas de arcilla que podrían estar en las salas del Louvre o el Metropolitan, pero con solo una mirada despiertan una sonrisa. En lugar de ofrecer el lenguaje cuneiforme del sumerio, sus tablas tienen figuras de elefantes, dinosaurios y muñequitos con cascos de construcción.

–Mis hijos, de 10 y de 8 años, estaban agarrados por una bolsa llena de juguetes; se las decomisé para que dejaran de pelear y les dije que teníamos que hacer algo. Fui con un vecino de San Agustín y con un proceso precolombino hicimos las tablas. Es nuestra nueva arqueología.

La exposición mantiene todo el tiempo esa tensión entre el “mundo plástico” y el “mundo ancestral”; entre “la naturaleza” y “la civilización”. En el tercer piso de la galería hay otra colección de juguetes que, indudablemente, están hechos para adultos. Hay una caja con un precioso zoológico de animales nativos: chigüiros, jaguares, monos aulladores, tapires y babillas. Y también hay cuadros con los animalitos en alto relieve. Y una vez más hay una sorpresa oculta: el cartón con el que están hechos son de cajas de antidepresivos: lorazepan, clozapina…

Esa misma tensión en los materiales está en dos piezas estelares más: una suerte de cetro dorado y una trompeta que tiene en su boquilla una serpiente.

–En la Colonia les prohibieron a los indígenas hacer música y solo los dejaban tocar con instrumentos europeos, como la trompeta –explica Opazo–. El cetro -añade señalando la otra pieza- habla del desplazamiento. Es un tronco de cafeto. Habla del exilio andino. Es de alguien que tuvo que irse del campo y venir a trabajar en construcción. Por eso está dentro de un bloque de piedra de cantera.

La exposición –además del mono– tiene otra figura tutelar: la efigie de una jaguar con las alas de una avioneta. Fue una escultura hecha con los restos de un árbol de su finca que recibió la descarga de un rayo una noche de tormenta. Y dos esculturas objeto que tienen la impronta de la pandemia.

–Me enfermé –dice Opazo–, y decidí trabajar bodegones –los señala y apunta dos ramas entre los vasos y la frutas–.

Las ramas originales se convirtieron en esculturas; una de ellas termina en la punta de un lápiz y otra tiene una diminuta rama de bronce.

El hilo de la muestra se pierde entre sus referencias y su historia. Tiene piezas de los últimos veinte años; piezas que tienen su foco en sus viajes a su país natal y que se conectan misteriosamente con Colombia como el video de un violín que flota en el fin del mundo. Hay rebeldía y rabia. Y unas fotos que resumen todas sus tensiones ocultas y la mirada de un niño.

–Las tomé en 1998 –dice Opazo.

Son fotos de unos niños con la cara pintada de blanco y unas tétricas capas negras; estaban en un festival y eran ángeles muertos. Habló con ellos y le contaron que su maquillaje era la ‘Bienesterina’. No les gustaba su sabor y la guardaban todo el año para aprovecharla en sus fiestas.

Marzo 26, 2022

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